jueves, octubre 11, 2007

Increíble Benín

En 1602 el comerciante holandés Pieter de Marees describió la ciudad de Edo (hoy Benin City), capital del Imperio de Benín, con estas palabras: "La ciudad de Benín, amurallada, se compone de un sistema de enormes calles rectas. Estas calles, aunque no están pavimentadas, son muy anchas y están bien mantenidas [...]. Buenas y espaciosas casas de madera se extienden a lo largo de las calles, contando con porches cubiertos [...]. El palacio del rey es muy grande, con galerías tan extensas como las más de Ámsterdam, vigiladas constantemente, y soportadas por pilares de madera encajados con planchas de cobre sobre las que se ven grabados describiendo victorias militares pasadas. Entré tan profundo dentro de este edificio que a cualquier parte que miraba sólo veía puerta tras puerta que desembocaba en otros lugares" [de Marees, 1602].

En su obra "Descripción de Guinea", donde recopilaba información sobre usos y costumbres de los pueblos indígenas de la costa de Benín, de Marees describía mayormente a la población como "belicosos, promiscuos, salvajes y ladrones". Sin embargo, en su obra logró retratar muchos aspectos de la avanzada cultura de los Bini.

Increíble Benín

Efectivamente los europeos encontraron allí un imperio con un complejo sistema administrativo. El rey, el Oba, tenía un gran poder religioso (de hecho el país nunca se convirtió al cristianismo) y político, aunque éste estaba supervisado por dos concilios, uno hereditario, los Uzama, y otro electo, compuesto por los jefes territoriales del reino, y con gran influencia sobre las decisiones del Oba. También la mayoría de los reyes de los territorios cercanos tenían un título elegido por el pueblo y no hereditario.

La cultura del Imperio de Benín era, al contrario de la de los colonizadores europeos, muy social. Mientras en Europa la tierra era vista como una propiedad y una inversión, en África era una propiedad común, en la que cada individuo poseía el derecho a trabajar trozos de ella, pero nunca sobre la propia tierra, ya que ésta era del clan o la comunidad. Igualmente, el nombre de los recién nacidos era decidido por acuerdo común del pueblo.

Una Edad de Oro con trampa

La llegada de los portugueses significó un profundo cambio social. Los Bini no tenían por costumbre el intercambio comercial con fines de lucro, pero el comportamiento de avidez por la riqueza, característico de los europeos, fue imitado finalmente por los indígenas. "Con el paso del tiempo ellos ganaron tanto conocimiento de los productos, que casi nos sobrepasaban" [de Marees, 1602]. En efecto, tras un tiempo de relaciones comerciales, los africanos comprendieron que en Europa no tenían el oro de Benín ni el cobre del Sahara, de modo que tenían el poder de subir los precios al haber cada vez más clientes y tratarse de un negocio de valor creciente, hasta el punto que "se volvieron tan orgullosos y ansiosos como avarientos ricos. Tras ver que era buena mercancía, procuraban por todos los medios de falsificar el mismo oro, transformando 100 gramos en 150 y engañando de esta manera a los extranjeros".

Los habitantes de Benín tenían una arraigada cultura del alcohol, lo utilizaban constantemente para celebrar nacimientos, ofrendas, cultos a la tierra y multitud de ritos sociales. Destilaban a partir de miel, plantas y mijo, y producían una especie de ron de baja graduación, de modo que al probar el fuerte aguardiente que trajeron los europeos, el alcoholismo se convirtió en un mal común. De Marees ya describió que "eran por naturaleza grandes bebedores", y que, a falta de costumbre a esta bebida, se volvían fácilmente agresivos. Esta circunstancia fue muy aprovechada por los europeos, junto al tráfico de armas de fuego, para promover guerras tribales que se convirtieron en una fuente para comenzar el comercio de esclavos.

Así pues, el Impero de Benín complementó el comercio de oro con el de marfil, pimienta, pieles, y sobre todo, esclavos obtenidos de guerras. A lo largo de los siglos XVI y XVII se convirtió en el imperio más rico y poderoso de África Occidental, y surgió una clase comerciante con un afán de lucro comparable al Occidental. Exploradores británicos advirtieron que el Oba era capaz de reunir un ejército de veinte mil hombres en un día, y hasta cien mil hombres si era necesario.

El fin del imperio llegó con la abolición de la esclavitud, de la que su riqueza había llegado a ser totalmente dependiente, y Benín entró en un período de decadencia que se tradujo en descenso de ingresos, pérdidas territoriales y emigración. De esta manera, en 1897, los británicos ocuparon y saquearon la ciudad de Edo. El reino se convirtió en el protectorado de Nigeria, y las magníficas obras de arte de los Bini se guardan ahora en una sala del Museo Británico.